Querido Armambo

Querido Armambo,

Tuve un sueño horrible, soñé que te morías. Soñé que un día colgabas tu cuerpo de un árbol, que ya no podías más.

Soñé que leía mensajes de gente que celebraba tu decisión, que se la adjudicaba como un trofeo. En ese momento enloquecía de dolor.

Soñé que peleaba una guerra, una guerra perdida. Y mientras más perdía más seguía luchando. Por ti, por no dejarte ir así, de esa manera tan cruel.

En un momento de la guerra, me convertía en el odio contra el que estaba luchando. Y mi espada afilada, y yo luchamos con tanta fuerza y gritamos con tanto fuego, que hasta incendiamos una catedral. ¿Lo puedes creer? Luego nos informaron que también incendiamos una mezquita, bosques, que también tembló, que también murió un sol, que un hoyo negro se tomó una fotografía en Instagram.

Soñé que nunca más iba a poder detenerme. Soñé que mis gritos eran mudos.

Como el día que me torturaron en el hospital, una enfermera que me quería amarrar a la cama, y grité y grité y nadie me escuchaba. Cuando me vio llorando aterrada, me dijo: “está bien, me puedes decir lo que quieras, no me importa.” Solo atiné a contestar: “No, porque no somos iguales.” Y me acordé en el sueño que la venganza es exactamente lo opuesto de la justicia.

Cuando salí del hospital, agradecí a cada pared, a cada minuto que pasé sin ver una ventana, aprender a valorar la vida. Y juré que todo ese dolor no sería en vano, nunca.

Curiosamente, en todos esos días, no tuve acceso a las redes sociales. Cuando volví a abrir Twitter, sentí una ola de violencia que antes no había notado. No sé por qué regresé. No sé por qué quise ser aceptada ahí.

Armando, soñé que me comporté como la mujer más pendeja del mundo. Soñé que olvidé.

Poco tiempo después de eso nos volvimos a encontrar después de estar distanciados, nos habíamos peleado. Te abracé llorando y te dije: “Yo pensé que nunca te iba a volver a ver.” Me sonreíste.

Querido Armambo, soñé un vestido, el vestido para estar acostada. Te lo dedico y me lo pondré y así me quedaré, acostada, como capullito, en silencio. Esperando. Ese momento en el que pueda renacer del dolor, el momento en el que un nuevo mundo pueda renacer, un mundo que no se base en la separación, en el odio, en los juicios, en las hogueras digitales.

“La soberanía necesita ser redefinida a la luz de las tormentas de mierda. Según Carl Schmitt, la soberanía es una cuestión de decidir cuándo se cumple un estado de excepción. Esta doctrina puede traducirse en términos acústicos. Soberanía significa la capacidad de producir un silencio absoluto, eliminando todo el ruido y haciendo que todos los demás se callen de un solo golpe. La vida de Schmitt no coincidió con la era de las redes digitales. Seguramente lo habría sumido en un estado de crisis absoluta. La biografía de Schmitt revela un miedo a las olas que experimentó a lo largo de su vida. Las tormentas de mierda son también una especie de ola, que escapa a todo control. En la vejez, se dice que Schmitt tuvo que sacar la radio y la televisión de su casa. A la luz de las ondas electromagnéticas, incluso encontró necesario reformular su famosa tesis sobre la soberanía: “Después de la Primera Guerra Mundial, dije: “Soberano es aquel que decide sobre la excepción.” Después de la Segunda Guerra Mundial, en vista de mi propia muerte, ahora digo: “Soberano es aquel que comanda las olas del espacio,”” Siguiendo la revolución digital, necesitamos reformular una vez más las palabras de Schmitt sobre la soberanía: Soberano es aquel que comanda las tormentas de mierda de la Red.” – Byung-Chul Han

Tú que padecías tinnitus, debes de haber sido especialmente perceptible a las tormentas de mierda.

Ahora, mientras duermo en mi capullo, me veo obligada a reformular cinemapoem como un secreto. Me declaro soberana de las tormentas de mierda de la red, y me niego a participar en un sistema que legitima discursos de odio, los normaliza, incluso los premia. A partir de ahora, cinemapoem será un secreto, un rumor, muy quedito, de boca en boca, entre humanos, solo así nos podremos encontrar.

A través de un papel escrito a mano, tirado en la calle.

A través de una amiga, un amigo.

A través de una canción que alguien va cantando cuando estás desconectado de la red.

Armambo, tuve un sueño horrible, pero ya desperté. No existe el nacimiento ni la muerte, solo existe la transformación. Como una nube cuando se pone a llover.

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ésta es una imagen de Armando Vega Gil de niño, volando.

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El Vestido Para Estar Acostada – Atelier Indira Aragón / Nuova Vita

La música que elegía para esta entrada, es Harry Nilsson, “Gotta Get Up”, la canción que escucha el personaje de Natasha Lyonne en la serie “Russian Doll” cada vez que revive después de morir todos los días.